El día empezó como cualquier otro, salvo por esa sensación tirante en el pecho que ya nadie sabía nombrar. Afuera, el viento traía un olor distinto: a metal húmedo, a noche que se queda más tiempo del que debería.
Caminé sin rumbo entre las callecitas torcidas del barrio bajo. Las luces apenas alcanzaban a dibujar las siluetas de las casas, y cada paso resonaba como si el suelo me devolviera la pregunta que yo no quería hacerme.
Recordé entonces lo que me había dicho la anciana del mercado, hacía ya varias estaciones: "cuando las emociones empiezan a pesar, hija, es que el mundo te está pidiendo algo." Yo me había reído. Hoy no me reía.
Llegué hasta el muro viejo, ese que separa lo conocido de lo que nadie quiere nombrar. Apoyé la mano sobre la piedra y la piedra estaba tibia. No debería estarlo. No a esta hora, no en esta época del año.
Y entonces lo escuché. No con los oídos, sino con esa parte de uno que aprende a escuchar después de haber perdido algo importante. Una voz, baja, que decía mi nombre con una calma antigua, como si me conociera desde antes de que yo existiera.
Cerré los ojos. Respiré. Cuando los volví a abrir, supe que esta historia ya no era la que había venido a contar. Era otra. Y esa otra recién empezaba.